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Aprendiendo desde la emoción

Sara Pérez

Por

18 Feb 2015

Soy educadora en museos y de una u otra forma, mi trayectoria profesional siempre ha estado ligada a lo que amo: el arte, y quizá por ello también siempre he sentido la necesidad de transmitir aquello que toda la vida me ha motivado.

El término educadora de museos en los últimos años ha empezado a designar un perfil profesional específico, teniendo como uno de sus principales objetivos, generar en el público una experiencia que vaya más allá de la adquisición de una serie de conocimientos y que apele directamente a sus emociones y sensaciones, despertándole curiosidad e interés por descubrir y ver el mundo de mil formas distintas pues el arte posee esa singular capacidad de soñar a pesar del mundoˮ tal y como rezaba George Steiner en su obra Tigres en el espejo.

Sesión educativaSuelo trabajar con niños y niñas de cuatro a dieciséis años y lo que veo en apenas una hora y cuarto en sala es realmente alentador ya que ésta pasa de ser un mero ámbito expositivo, para muchos extraño y poco o nada motivador, a convertirse en un lugar de intercambio, aprendizaje y emoción, pues el arte forma parte de la vida, resultando imposible mantenerse al margen: siempre existirá algo que nos haga vibrar (una imagen, un sonido, un olor…). Y es desde esta perspectiva, a partir de la sensación que mueve la emoción y que a su vez genera una impronta aprehensiva intensa y vital capaz de activar la capacidad creativa necesaria para afrontar los múltiples aspectos del día a día, desde la que ejerzo mi trabajo.

Y en estas andamos, o creo que deberíamos andar, todos los que, de algún modo, nos dedicamos al mundo de la enseñanza en alguna de sus facetas, en mi caso de la no reglada. A priori, el panorama puede parecer prometedor, pero -en mi opinión- la realidad, tras años de experiencia, revela que aun queda un importante camino por recorrer para integrar algo que es consustancial a nuestra naturaleza como individuos y sociedad: la búsqueda permanente de fórmulas de expresión de nuestro mundo interior y exterior, las cuales funcionan a su vez como mecanismos de conexión, transmisión de conocimiento pero, sobre todo, de vibración emocional. Y algo tan natural como esto no parece que en nuestro país haya sido tenido en cuenta tal y como correspondería, pese a los esfuerzos de colectivos y organizaciones públicas y privadas en cuyos programas se intentan establecer puentes entre la cultura (o la muy entrecomillada ‟alta culturaˮ) y estos nuevos públicos que han nacido, como quien dice, con una tablet bajo el brazo.

En sentido inverso ocurre también algo parecido: es raro el día que no escucho cosas como¿Niños? ¿Ahora resulta que el museo se ha convertido en un patio de juegos?ˮ ‟¿No podrían traerlos al menos, cuando no hubiera gente para que no molestasen? ˮ y todo tipo de expresiones y gestos incómodos, que evidencian las carencias de las que hablaba más arriba. Aun así, no deja de ser cierto que la tendencia ha comenzado a cambiar y cada vez son más las personas que se alegran no solo de compartir espacio, sino experiencia, con los más jóvenes.

Desde diferentes ámbitos e instituciones culturales y educativas españolas dichas carencias también quedan patentes, comenzando por los programas escolares, en los que cada vez es menor el espacio cedido a la enseñanza de las Artes y las Humanidades. Así por ejemplo, la incorporación de los departamentos de educación en museos constituye una tendencia reciente la cual aún hoy no se encuentra integrada de forma global en muchos de ellos (pese a darse algunas de las primeras experiencias hace más de tres décadas), y las ofertas dirigidas a un público específicamente escolar y familiar, aún son consideradas en ciertos casos casi extraordinarias ofreciendo plazas y horarios bastante limitados.

Experiencias educativas como las emprendidas, entre otras, por los Departamentos de Educación del Museo del Prado, del Museo Thyssen-Bornemitzsa (Educathyssen), del MUSAC, la Fundación MAPFRE, la Obra Social ˮLa Caixaˮ, o la reciente apuesta del Auditorio Nacional de Música con programas como Pintasonic, abren nuevos caminos entre estos dos mundos aparentemente escindidos, poniendo de manifiesto el interés y la magnífica acogida por parte de los colectivos a los que van dirigidas, los cuales adoptan un papel activo participando y haciendo suya la experiencia, dejando atrás la tradicional naturaleza pasiva del espectador como mero receptor de información, pues, como diría Kandinsky ‟El alma es un piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humanaˮ.

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